Se cumplen setenta años del día que Evita fundó el Partido Peronista Femenino

A 70 años de la creación del Partido Peronista Femenino y  67 del paso a la inmortalidad de Evita, mantenemos la llama eterna de su legado por medio de la militancia cotidiana, en todos los ámbitos de la vida, y aparte realizamos un repaso histórico de la creación, desarrollo y logros de un partido que haría historia hacia el interior del peronismo, el feminismo y la rica historia de luchas de nuestro país.

Fue hace exactamente hace setenta años, el 26 de julio de 1949, que se realizó en Buenos Aires la primera Asamblea Nacional del Partido Peronista, en la que Eva Perón anunció la creación del Partido Peronista Femenino (PPF), con una organización independiente de las ramas masculina y gremial que también integraban el movimiento. Se trató de una experiencia inédita en el mundo.

Para conformar el nuevo partido, Evita designó veintitrés delegadas censistas, que debían ir a cada una de las provincias para sembrar el territorio nacional de Unidades Básicas Femeninas (UBF).

Evita decidió que el destino de estas mujeres no coincidiese con las provincias de las que eran originarias, para impedir que se formaran “caudillas”, y también para evitar que replicaran el peronismo masculino en el que se abrían unidades básicas en torno al liderazgo de algún dirigente en particular. Cuando las despidió, les dijo que serían las futuras líderes en sus distritos, aunque primero había que saber “cuántas somos y dónde estamos”.

Así fue que el 22 de octubre de 1949, las mujeres partieron a sus destinos con claras instrucciones: inaugurar una UBF para que funcione la sede central del PPF en la provincia, aparte del envío semanal de un informe del curso de las actividades; no podían comunicarse entre ellas para prevenir conflictos internos y tenían que localizar mujeres para ser designadas como “subdelegadas”,  siempre con la previa aprobación personal de Eva.

Las mujeres elegidas también recibieron la indicación de no elegir como autoridades de las nuevas unidades básicas a las esposas o parientas de los gobernadores, intendentes, ministros o legisladores, para de esa manera impedir la influencia de los dirigentes varones en el PPF, quienes tenían prohibida la entrada en los locales femeninos.

Por su parte, los gobernadores e intendentes prestaron ayuda con la infraestructura, y facilitaron locales o movilidad para que las mujeres pudieran trasladarse a los pueblos más remotos. Cada domingo, Eva se comunicaba telefónicamente con las delegadas para saber cómo estaban y cómo se sentían.

Otra de los trabajos que realizó Eva con sus compañeras fue la construcción de un sentimiento de comunión y hermandad entre ellas. Si se tratase de la actualidad, Evita les habría hablado de “sororidad”, pero en aquel entonces no existía ese término. En un almuerzo con mujeres de la Capital Federal les dijo: “Cuando una peronista tenga alguna divergencia con otra, piense que hay una sola bandera: la del General Perón. Cuando se peleen dos peronistas, no me traigan a mí el problema porque me causa un gran dolor. Yo quiero ser igual con todas para no ser injusta. En una familia pueden pelearse dos hermanas, pero siempre siguen siendo hermanas”.

Así fue que entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre de 1949 se abrieron veintitrés sedes centrales del PPF en cada provincia, y en 1951, a sólo dos años de su fundación, el PPF contaba con tres mil seiscientas UBF en todo el país.

La mayoría de las investigaciones que reúnen el testimonio de las censistas coinciden en que las dos dificultades con las que se topaban en el territorio fueron el temor de parte de las mujeres a incorporarse  a la actividad política, a la que consideraban un asunto ajeno a su destino, y la oposición de los padres y de los maridos a que se ocuparan de estas tareas.

La estrategia del PPF para disminuir el rechazo que muchas mujeres del pueblo sentían por  la actividad política, fue lograr que las unidades básicas fueran una extensión pública del rol doméstico, al mismo tiempo que las empoderaba en el ámbito público. En “La razón de mi vida” Evita lo presentó así: “Yo he querido que mi partido sea un hogar… que cada unidad básica sea algo así como una familia… con sus grandes amores y sus pequeñas desavenencias, con su fecundidad excelsa y su laboriosidad interminable. (…) Más que una acción política, el movimiento femenino tiene que desenvolver una acción social. ¡Precisamente porque la acción social es algo que las mujeres llevamos en la sangre!”.

Esta estrategia fue, sin dudas, lo que permitió que este movimiento político alcanzara una masividad notable y extendiera los límites de participación de las mujeres, que hasta el momento había sido tan restringido, a pesar del enorme esfuerzo de las feministas que lo precedieron y que ahora miraban el fenómeno desde lejos y con el ceño fruncido porque la mayoría pertenecía a partidos políticos opositores al gobierno peronista.

Una de las críticas que suelen realizar los diferentes feminismos es que con esta construcción el peronismo no contribuyó a liberar a las mujeres del rol doméstico asignado por la “naturaleza”. Sin embargo, tal como sostiene la historiadora Silvana Palermo, el planteo de Eva puede incorporarse dentro del “feminismo relacional o maternalista”, el mismo que “celebra el valor de la femineidad, valoriza la diferencia sexual y subraya la complementaridad entre lo masculino y lo femenino. En esta cosmovisión, la maternidad cumple una función clave en las demandas de equidad y justicia para las mujeres”. Dos décadas más tarde, estas ideas tomarán el nombre de “Feminismo de la Diferencia”.

En este sentido, se le debe reconocer al peronismo el haber expuesto, por primera vez, la injusticia del trabajo doméstico no remunerado que hasta el presente descansa sobre las mujeres, sin que se le encuentre solución a esta desigualdad.

En las elecciones de 1951, el nombre de Eva no figuró en la boleta electoral porque desistió de su candidatura a vicepresidenta, pero su foto sí apareció, justo al lado del apellido del candidato a vicepresidente Hortensio Quijano. Ella, además, como el resto de las mujeres argentinas, votó por primera vez el 11 de noviembre de ese año, pero desde la cama del hospital donde estaba internada.

En esa elección, los votos femeninos fueron más que los masculinos. Un noventa por ciento de mujeres acudieron a las urnas, frente al ochenta y seis por ciento de los varones. Y por primera vez, ellas integraron las listas y resultaron elegidas. El Partido Peronista incluyó a veintitrés candidatas a diputadas y seis a senadoras nacionales. En las Legislaturas provinciales también ingresaron mujeres peronistas, cincuenta y ocho diputadas y diecinueve senadoras. Sumadas a las legisladoras nacionales resultaron más de cien, a las que se agregaron tres delegadas de los territorios nacionales que por primera vez también tuvieron representación parlamentaria. Un total de ciento nueve legisladoras en todo el país.

Los partidos de la oposición también llevaron mujeres en sus listas. El Partido Comunista propuso a Alcira de la Peña como candidata a vicepresidenta y siete postulantes a diputadas. El Partido Socialista incluyó a tres, cinco el Demócrata Progresista y el Partido Concentración Obrera presentó una candidata a senadora y cuatro a diputadas. Pero ninguna resultó electa. Por su parte, la Unión Cívica Radical y el Partido Demócrata no contaron con mujeres en sus listas.

La actuación de las legisladoras en el Parlamento fue formidable. A ellas se les debe la inclusión del divorcio vincular en la Ley 14.394, la reforma de la ley de culto por el que se propició la separación de la Iglesia del Estado, el Régimen de Trabajo para el Personal de Casas de Familia en la que se sustituyó el término de “sirvienta” por el de “empleada doméstica”, con la reglamentación de horarios, funciones, sueldos y descansos. También se avanzó con la Ley de Abastecimiento y Abaratamiento de Artículos de Primera Necesidad, y las reformas a la Ley de Propiedad Intelectual.

Luego, la mayoría de estas leyes fueron derogadas por la autodenominada “Revolución Libertadora” que derrocó a Perón en 1955. Las legisladoras, igual que sus compañeros varones, fueron acusadas de asociación y enriquecimiento ilícito y traición a la Patria, y terminaron en la cárcel, donde muchas de ellas permanecieron hasta que terminó la  dictadura, y luego iniciarían el tiempo de la resistencia.